The Queen
La película comienza en mayo de 1997, cuando Tony Blair, elegido primer
ministro, hace su primera visita oficial a la reina, acompañado de su esposa,
más bien antimonárquica. Un ujier ceremonioso que da las órdenes al primer
ministro de como comportarse, un jefe de gobierno moderno pero encogido ante la
soberana y una reina que simplemente, cumple un protocolo ancestral. Sugestiva
ceremonia que el director, con trasfondo de humor inglés, acierta plenamente en
su presentación, ya que podría ser incluso ridícula y acaba siendo graciosa y
absolutamente definitoria del carácter que tomará el film.
Unos meses después
ocurre el acontecimiento que conmoverá a Inglaterra y al mundo. Lady Di muere en
accidente en París. Todos lo vivimos, el revuelo de los paparazzi, el frenesí
periodístico, las manifestaciones de dolor de la gente ya en París, y después
cuando se traslada a Londres, los miles y miles de ramos de flores en la puerta
de Buckingham Palace en ofrenda a la princesa del pueblo, los cada vez más
ácidos comentarios de la prensa, sobre todo la inglesa, por el silencio de la
Casa Real, que el Príncipe de Gales procuraba paliar particularmente, e incluso
los conatos de giro hacia la república que empezaron a asomar en algunos grupos
por la intransigencia de la reina.
Todo esto es lo que vivimos desde fuera.
Ahora Frears y el guionista Peter Morgan nos presentan lo que ocurría al otro
lado de las puertas de palacio. La reina, enemistada con la princesa por
apartarse de las rígidas normas de su rango, no quiere en un principio dar
muestras de condolencia. Se van produciendo los acontecimientos exteriores, la
familia real se traslada a Balmoral sin que ninguna bandera ondee a media asta.
Tony Blair (un Michael Sheen de aspecto tal vez demasiado juvenil, pero con una
gran interpretación) le va advirtiendo del peligro de no claudicar y la obliga
prácticamente a doblar la rodilla (según frase recogida en un periódico). Pero
mientras tanto nos damos cuenta del respeto y del poder innato que la
soberana ejerce sobre su familia y su entorno. El Duque de Edinburgo, consorte
limitado a vivir a su sombra, como la reina madre, y ambos instándola a mantener
su intransigencia porque creen que es lo que ella quiere, pero absolutamente
sujetos a hacer lo que ella decida.
Únicamente el príncipe Carlos ve con
buenos ojos la claudicación, aunque se insinúa que es por temor a posibles
consecuencias.
Todo ello presentado con un sentido cinematográfico y al mismo
tiempo con una dignidad y respeto que hacen que el propio espectador termine
comprendiendo y admirando prácticamente a la reina. Tal vez si no fuera
porque vivimos hace pocos años esta historia tan intensamente, la película no
resultaría tan interesante. Pero como fue así, hay que verla como una de las
mejores del año y admirar la gran interpretación de Helen Mirrell.




