Publicat el 24/11/2005
Jodie Foster · Sean Bean · Peter Sarsgaard · Director: Robert Schwentke

Los problemas en aviones estuvieron de moda hace unos cuantos años. Pero desde el 11-S la cosa cambió. Tratar de dificultades aéreas era como mentar la Parca. Nadie se atrevía. Con Vuelo nocturno, estrenada hace poco, se reinició el género y en la película que comento hoy se continua, pero ya a lo grande. Aunque el 11-S asoma de refilón en el argumento. Porque, cuando se teme un peligro, todos los pasajeros se vuelven contra uno que es árabe y después porque se utiliza el transporte de un muerto en el avión, ya que su ataúd es lo único que escapa del control de salida.
La película nos introduce en la barriga de uno de estos actuales monstruos del aire, de dos pisos de pasajeros más otro de carga. Quinientas personas viajan en él, de Berlín a Nueva York, y aún quedan muchos asientos vacíos. La prácticamente única protagonista de la historia, Jodie Foster, es una actriz seria, muy seria, especializada en interpretaciones al límite, que realiza de forma convincente. Recuerden El silencio de los corderos y Acusados, por las que recibió sus dos Oscar, y parece que en Desaparecida suena para el tercero. No me extrañaría, porque aquí da un recital. Incluso podría decirse que sobreactúa, pero lo hace tan bien que hay que admitirlo como correcto.
Ya habrán leído que la historia trata de una madre que sube a un avión con su hija de 6 años en Berlín para ir a Nueva York. En el mismo aparato trasladan el féretro de su marido muerto en desgraciado accidente. Madre e hija están sumamente afectadas, y en un corto espacio de tiempo en que descansan y duermen, al despertar la madre se encuentra con que la pequeña no está. Su busca va creciendo en intensidad milimétricamente calculada, revolucionando a todo el pasaje, y el director, el alemán Robert Schwentke, en su primera película en Hollywood, la lleva a cabo con un suspense que ríanse ustedes de Hitchcock. Es imposible que no la encuentren ya que están todos en un enorme tubo sin extrañas salidas. Por lo tanto llegan, ellos y el público, a dudar de que la nena subiera al avión y, por lo tanto, que todo sea una ilusión de la madre, desquiciada por la muerte del marido.
Como tantas veces, es un excelente planteamiento, magníficamente puesto en escena, con un final que no está a la altura (nunca mejor dicho). Es artificioso y forzado, con la Foster haciendo de Bruce Willis, pero se llega a él de forma espectacular.
Ya he destacado la excepcional interpretación de Jodie Foster, que está muy bien acompañada por unos buenos secundarios entre los que destaca Sean Bean, majestuoso en su papel de comandante de la gigantesca nave.

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