Publicat el 28/03/2007
Leonardo Sbaraglia · Miryam Gallego Director: Rodrigo Cortés

Dice el director Rodrigo Cortés, en una entrevista de promoción de esta película: “Ese es un film exigente, pero al mismo tiempo asequible, trepidante y divertido”. Bueno, verán, maticemos. ¿Asequible? Sí, comprendemos lo que quiere decir, aunque lo exponga de forma atropellada. ¿Trepidante? También. Las imágenes no paran, se mezclan, saltan, vuelven atrás, con cámara lenta, con diversas tomas de pantalla dividida, con pretendidas formas de cineasta novato que quiere sorprender al personal. La pantalla trepida, pero el público se impacienta. ¿Divertido? Esto, dicho por el director, me recuerda aquellos señores que cuentan un chiste y se ríen ellos mismos cuando lo explican, mientras su interlocutor se le queda mirando.
Porque el fondo de la película es de auténtico humor, aunque ciertamente amargo. Un hombre que gana un concurso fabuloso y el cobrarlo le cuesta más que el teórico valor de lo ganado. Un chiste, sí, pero la forma en que Rodrigo Cortés, director y guionista, lo presenta, tiene más de angustia que de gracia. Claro, en el fondo la idea es de risa, pero ninguna carcajada sonó en los pocos espectadores que estábamos en la sala, y alguno se marchó antes de terminar.
Se trata, por tanto, de un proyecto fallido. Rodrigo Cortés es un gallego treintañero que, después de estudiar sin duda buenos cursos de dirección y realizar bastantes cortos con premio, ha conseguido dirigir su primer “largo” en el que, a mi entender, quiere demostrar demasiadas cosas a la vez, y así le ha salido un producto de los que hace veinte o treinta años, se llamaban “de arte y ensayo”. Pienso que poco éxito en las taquillas va a tener.
Y es una pena porque la idea, aunque no es muy original, se prestaba a una buena comedia. Como ya he apuntado, es un profesor universitario que gana un concurso (nunca se ve) y le premian con un montón de cosas (una avioneta, un yate, dos casas y no sé cuantas más), por un valor atribuido de 3 millones de euros. Pero hay que transformarlos en dinero contante y sonante. El realizador se arma entonces un guirigay embarullado de situaciones, con una feroz crítica de este tipo de concursos, de los personajes que los rodean, de Hacienda, naturalmente… y sobre todo de los bancos, con un profesor que nos larga una lección magistral, que dura un cuarto de hora, para demostrarnos que los bancos son una sanguijuela para los pobres ciudadanos. Algo de verdad hay en el fondo, y todos lo pensamos, pero la forma en que lo expone es totalmente artificiosa y demagógica.
La película es una auténtica exhibición del protagonista, Leonardo Sbaraglia, este actor argentino que está triunfando en España. Aquí está siempre en pantalla y defiende su primero ilusionado, después atribulado y finalmente desesperado personaje con expresividad y eficiencia. En resumen, una película que se va a ver pensando que es una comedia y resulta más bien un drama, pretendidamente lleno de símbolos y moralejas nada claros. A mí, por lo menos, se me atragantó bastante, aun admitiendo su categoría técnica.

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